EL VOLCAN

a miro
Mis dedos se pierden en el negro bosque de su pelo, suspira, suspiro.
Centellea el ardor de las miradas, cuando una poderosísima corriente nos atrae por la boca, fluyendo en una gruta doble habitada por las lenguas y los labios.
Todo es húmedo, caliente, de formas deslizantes y redondas, parece no haber dientes.
Nuestra piel es una sola.
Sus pezones me aletean sobre el cuello, los míos roban el cálido manar del centro de su vientre. Mana también el sudor que nos lubrica.
Las curvas se entrelazan en risas y susurros, la luz revienta en arcoiris nuestras carnes.
Baja mi boca vagabunda, sin prisa, entre las firmes dunas de sus pechos, los escala y los recorre, los pule y los viste de ternura, mientras suaves uñas simulan en mi espalda un drama de maltrato cariñoso y atrevido.

Nacen y mueren los minutos....

El climax vuela alborotado cuando mi lengua, caprichosa, alcanza los rizos de su pubis y mis manos franquean el rendido cerrojo de los muslos.
Sus labios apresan a mi sexo con una condena de tibieza ensalivada, mientras los míos se funden con el suyo, allá en la hondura.
Vibran en uno nuestros cuerpos; reina la armonia. Y mi nariz despreocupada y poco escrupulosa se empotra en el crater dormido de su ano.
Tiembla el cosmos, tiembla el mundo, tiemblan los alrededores con nosotros.
Casi me falta el respirar, y en un nuevo temblor incontenido, vomita el volcan un gran eructo de gas cortable y denso, que sin contaminarse con el aire pasa directo y con urgencia a mis pulmones.
¡ Que tos, que tos, que tos ¡
Agria tos con mascarilla de escorias concentradas, nauseabundas, asfixiantes.

- ¡ Perdona, perdona. No me he podido contener ! -
Me implora ella, mientras llueven en su vientre mis gruesos lagrimones.

SULTANA