UN ANTECEDENTE ESPAÑOL DE ROBINSON CRUSOE

s sabido que cuando Daniel Defoe escribió "Robinsón Crusoe", en 1719, se inspiró en diversas historias de marineros abandonados en islas desiertas, aparte de las vivencias mil que había recolectado durante su propia carrera como espía, financiero quebrado, padre de familia numerosa, publicista, diplomático, político, presidiario, servidor del gobierno inglés durante nuestra guerra de Sucesión, y algunos otros empleos que nos llevaría tiempo enumerar.
De modo concreto, se menciona como precedente de Robinsón el caso de Alexander Selkirk, marino escocés decicado básicamente a la piratería, el cual, en 1704, se disgustó con el capitan de su barco en alta mar y tomó la insolita decisión de apearse en marcha; es decir, pedirle que le desembarcara enseguida en una de las islas deshabitadas de Juan Fernández, situadas delante del litoral chileno, que era la tierra que tenía más cerca. Solicitó que le diesen una hamaca, un fusil, un poco de pólvora, ora pizca de tabaco, un devocionario, algunos instrumentos náuticos y poca cosa más, con todo lo cual se las arregló para vivir solo en la isla cerca de cinco años.
Tras haber regresado a Inglaterra explicó su historia y Defoe hubo de novelarla para crear así un prototipo, más o menos filosófico, de vida solitaria.
Cuando Selkirk tuvo aquel arrebato de malhumor, acaso conocía que el vivir en una isla desierta es posible, y en algún sentido agradable, si la misma tiene las condiciones de la del grupo de Juan Fernández. En efecto, debía ya de saber que ciento sesenta y cinco años antes, hacia 1540, otro hombre de mar había sobrevivido un puñado de años en una isla totalmente hostil. Este antecesor de Robinson era español y su historia está narrada por el Inca Garcilaso en los siguientes términos que sería doloroso alterar:
"La Isla Serrana, que está en el viaje de Cartagena a La Habana, se llamó así por un español llamado Pedro Serrano, cuyo navío se perdió cerca de ella y él solo escapó nadando, que era grandísimo nadador, y llegó a aquella isla, que es despoblada, inhabitable, sin agua ni leña, ni aun yerba que poder pacer, ni otra cosa alguna con que entretener la vida. Así pasó la primera noche, llorando su desventura. Luego que amaneció volvió a pasear la isla, halló algún marisco que salía de la mar, como son cangrejos , camarones y otras sabandijas, de las cuales cogió las que pudo y se las comió crudas , porque no había candela donde asarlas o cocerlas.
Así se entretuvo hasta que vio salir tortugas; viendolas lejos de la mar, arremetió con una de ellas y la volvío de espaldas; lo mismo hizo con todas las que pudo, que para volverse a enderezar son torpes; y sacando un cuchillo que de ordinario solía traer en la cinta, la degolló y bebió la sangre en lugar de agua. Lo mismo hizo de las demás; la carne la puso al sol para comerla hecha tasajos, y para desembarazar las conchas para coger agua en ellas de la llovediza, porque toda aquella región como es notorio, es muy lluviosa.
Viéndose Pedro Serrano con bastante recaudo para comer y beber, le pareció que si pudiese sacar fuego para siquiera asar, la comida y para hacer ahumadas cuando viese pasar algún navío, no le faltaría nada. Con esta imaginación, como hombre que había andado por la mar, dio en buscar un par de guijarros que le sirviesen de pedernal, porque del cuchillo pensaba hacer eslabón, para lo cual, no hallándolos en la isla, porque toda ella estaba cubierta de arena muerta, entraba en la mar nadando y se zambullía. Y tanto porfió en su trabajo que halló guijarros y sacó los que pudo; y viendo que sacaba fuego, hizo hilas de un pedazo de camisa, muy desmenuzadas que le sirvieron de yesca.
Y para que los aguaceros no se lo apagasen, hizo una choza con las mayores conchas que tenía de las tortugas que había muerto, y con grandísima vigilancia cebaba el fuego porque no se le fuese de las manos. Dentro de dos meses, y aún antes, se vio tal como nació, porque con las muchas aguas, calor y humedad de la región, se le pudrió la poca ropa que tenía. El sol con su gran calor le fatigaba mucho, porque ni tenía ropa con que defenderse ni había sombra a la que ponerse. Cuando se veía muy fatigado se entraba en el agua para cubrirse con ella. Con este trabajo y cuidado vivió tres años, y en este tiempo vio pasar algunos navíos; más aunque hacía él su ahumada, que en la mar es señal de gente perdida, los barcos no la veían, y se pasaban de largo, de lo cual Pedro Serrano quedaba tan desconsolado que tomara por partido el morise y acabar ya.
Al cabo de los tres años, una tarde, sin pensarlo, vio Pedro Serrano un hombre en su isla, que la noche antes se había perdido en los bajíos de ella y se había sustentado en una tabla del navío.
Cuando se vieron ambos, no se puede certificar cuál quedó más asombrado de cuál. Serrano imaginó que era el demonio que venía en figura de hombre para tentarle en alguna desesperación. El huesped entendió que Serrano era el demonio en su propia figura, según lo vió cubierto de cabello, barbas y pelaje. Cada uno huyó del otro, y Pedro Serrano fue diciendo: " ¡Jesús, líbrame del demonio!".Oyendo esto se aseguró el otro, y volviendo a él le dijo: "No huyáis, hermano, de mí, que soy cristiano como vos"; y para que se certificase dijo a voces el Credo...
Durante otros cuatro años vieron pasar algunos navíos y hacían sus ahumadas, mas no les aprovechaba, por lo cual ellos se quedaban tan desconsolados, que no les faltaba sino morir. Al cabo de este largo tiempo acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Así los llevaron al navío donde admiraron a cuantos los vieron y oyeron sus trabajos pasados. El compañero murió en el mar viniendo a España. Pedro Serrano llegó acá y pasó a Alemanía, donde el emperador estaba entonces; llevó su pelaje como lo traía para que fuese prueba de su naufrágio y de lo que en él había pasado. Algunos señores le dieron ayudas de costas para el camino, y la majestad imperial, habiéndole visto y oído, le hizo merced de cuatro mil pesos de renta. Yendo a gozarlos murió en Panamá, que no llegó a verlos."

Algún autor se ha detenido en el análisis de los curiosos fenómenos psicológicos que acontecieron entre los dos naufragos: primero, se hablaron efusivamente, contentísimos de haber encontrado compañía; luego debatieron con ilusión y optimismo proyectos de trabajos que mejoraron su situación; se repartieron cordialmente los quehaceres; vino más tarde la fase de charlar acerca de lo que harían cuando volvieran a la comunidad humana; fueron agotando los temas y las palabras; llegaron los silencios y las melancolías; más tarde sobrevino la fase de los gruñidos y los reproches y acaso surgió algún asomo de reyerta entre ellos. Para evitarla, tuvieron el sentido del ridículo suficiente, de modo que cada uno se fue a un extremo de la isla a pescar, hacer fuego o trabajar separado del otro; luego se reconciliaron y se abrazaron.
El total, como ha dicho el historiador del Perú Garcilaso, comprendió siete densos e inacabables años, en condiciones enormemente más ásperas y limitadas que las de Selkirk, por no hablar de las de la isla, literariamente ornamentada, de Robinson
.

HAXTUR