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manos eran torpes, inocentes y luchaban contra mi cuerpo que no quería
enseñar, solo ser poseída sin pautas, sin límites.
Sonreí y posé mis labios suavemente en los suyos, los
mordí, besé su barbilla, su cuello y mi boca jugó
con sus pezones. Sus manos tocaban con miedo mi pelo haciendo anillos
con él; sentía su olor invadiéndome y provocando
más aún mi humedad.
Fui explorando todo su cuerpo, mi lengua bailaba con su vello y se
perdió posando mis labios en su pene provocándole un
espasmo en todo su cuerpo. Disfruté, disfrute con el palpitar
de su miembro en mi boca. Recorrí con mi lengua sus venas de
arriba abajo, de abajo arriba, dejándolo en respiro para besar
sus testículos; sus glúteos se contrajeron cerrando
un paso.
Necesitaba ser poseída, necesitaba sentirle, le deseaba dentro
de mí; cambiando su torpeza por mi deseo dirigí, dominé
y subí a lomos del caballo. Él quería participar,
pero guiaba mal su mejor bien, no encontraba la puerta del deseo,
esquivando el camino, provocando que el susurro fuera más autoritario:
"por el culo no". No me importó el cambio de su color,
no me importó que su bien se escondiera. Le guié, le
poseí y dominé el movimiento; siendo suave, lento. Sus
ojos cerrados no miraban, disfrutaban, yo necesitaba ver cada movimiento
de su cara, de sus brazos, de su respiración. Bruscamente agilicé
mis movimientos, buscando con prisas un orgasmo, uno, solo uno. Pero
no pude, sus dientes mordían sus labios, su cuerpo se retorció
y explotó, explotó así: "lo siento".
Estaba rabiosa e insatisfecha y esperé que sus manos o su lengua
me buscaran, pero solo me abrazó y me besó en la frente.
Mis manos empezaron a recorrer mi cuerpo, disfrutando a no de su torpeza
sino de mi masturbación, busqué, encontré. Le
miraba, miraba sus ojos de sorpresa de asombro y conseguí lo
que él no buscó.
No se nada de él, ya no le huelo, él no supo olerme
a mí, ni leer mi deseo.
SULTANA