río,
de pronto sentí frío, un extraño temblor recorrió
todo mi cuerpo. Me di cuenta que no había nada que me tapara.
Tratando de no ser brusca di unos breves tirones a la sábana
y conseguí taparme el pecho. Por un momento consideré
encender la lámpara que estaba cerca de mi pero sentí
miedo de despertarle.
Se encontraba profundamente dormido, su cuerpo se adivinaba desnudo
bajo la tela que le cubría solo de cintura para abajo. Su tórax,
terso y suave, con un color dorado y una silueta perversa e infantil.
Estaba cerca de mí, podía oler su fragancia, podía
ver sus sueños.
Ese hombre que duerme a mi lado es una de las personas que te hacen
sentir distinta. Es ese tipo de personas a las que es imposible no
amar u odiar, pero hacia las cuales no se puede tener un sentimiento
de indiferencia.
Alargué mi brazo y cogí un cigarrillo, por un momento
la habitación se llenó de la luz de la cerilla. a los
pocos segundos la habitación se llenó de oscuridad,
solo se veía la sombra de una luna escondida entre las nubes.
Quería besarle, posar mis labios sobre los suyos, pero sentí
miedo de despertarle, me encantaba poseerle mientras dormía,
le sentía solo mío.
Me levanté muy despacio y sentí un extraño frío
cuando mis pies desnudos tocaron el suelo, andé despacio, muy
despacio para llegar al cuarto de baño, encendí la luz
y mis ojos se cerraron por el cambio, cuando se adaptaron abrí
el grifo y me lavé la cara, me miré al espejo y me gustó
lo que vi.
Poco a poco volví a la habitación, me tumbé a
su lado e intenté tocarle, quería perder mis dedos entre
su pelo, sentir su calor en mi cuerpo, pero ya no estaba. Encendí
la luz asustada y me di cuenta que en el momento que me lavé
la cara me desperté de un sueño perfecto.
No me lo podía creer otra vez había ocurrido, tenía
tantas ganas de amar que hacía realidad ese sentimiento. Me
reí de mí, me reí de mi sueño y de la
noche. Me incorporé en la cama y me tapé con una vieja
camiseta. Encendí otro cigarro, no sé que había
hecho con el primero, no sé si llegué a encenderlo.
Me levanté y fui al balcón, abrí la puerta sin
tener miedo de despertar a nadie y salí. Las luces de la ciudad
estaban apagadas. Enfrente pude ver la llama de un mechero que iluminó
la cara a un hombre triste, pensé que él también
podía haber tenido un sueño como el mío. Volví
sobre mis pasos y me metí en la cama, ya no tenía que
compartir la sábana y caí en un profundo sueño.
Cuando
volví a despertarme, la luna estaba adormilada y se despedía
dejando la puerta abierta a un sol fuerte, llamativo y lleno de color.
Repetí lo de todos los días, pero hoy no puse leche
en el café, tenía que aguantar una larga jornada y la
noche había sido corta. Con la taza aun en la mano, me acerqué
hasta el balcón, buscando a ese hombre triste que había
estado compartiendo conmigo unos momentos de soledad, pero ya no estaba,
como no estaba mi sueño.
En
el metro, la gente va con cara de rutina, con cara de ganas de volver
a casa, con ganas de cambiar la vida que están viviendo, llevo
mis ojos hacia el libro y pienso si estaré dando mis deseos
a los compañeros de viaje. No se nada de sus vidas, no se nada
de sus sueños, solo tengo los míos.
El
conserje me saluda, todas las mañanas lo hace, me pregunta
- ¿qué tal el fin de semana?- y mi contestación
siempre es la misma -¡bien! ¿Y el suyo?-. Me dirijo a
la sala donde nos cambiamos, donde guardo el olor de mi casa. Están
algunas de mis compañeras. Están hablando de la cena
que prepararon a sus maridos, de lo maravilloso que es despertarse
con la persona que quieres. No tengo nada que decir, no tengo nada
que contar. Me voy. Quisiera decir que para mí ha sido distinto,
que para mí ha sido especial, pero ¿para qué
mentir?
Durante
la jornada laboral, evito pensar, evito soñar y cuando llega
la hora de salir, pienso que puedo hacer para no ir directamente a
casa, decido después de darme cuenta que no tengo muchas alternativas,
en comprar un libro, fiel compañero.
Me
bajo en la estación de Callao, gente andando, gente corriendo,
gente pensando en qué triste cola de cine pasarán una
tarde más. Decido sentarme en un banco y fumarme un cigarro.
Junto a mí se sienta una mujer, que no tiene con que masticar,
que no tiene con quien hablar, me mira, le miro y las dos esbozamos
una sincera sonrisa. Sus pies están hinchados y apoya una mano
en un carro de supermercado con muchas latas y papel ocupándolo.
Mete su mano oscura en uno de sus bolsillos y saca algo parecido a
una chocolatina y me ofrece un mordisco. Se lo agradezco y niego levemente
con la cabeza. Espontáneamente las dos miramos al cielo, en
ese momento una nube tapa nuestras cabezas haciendo sombra sobre la
sombra en el suelo.
Un
niño se para enfrente de la mujer con la que comparto el banco
y pregunta inocentemente a su madre si esa señora no tiene
casa porque está sucia, brotan dos puntos rojos en las mejillas
de la joven y pide perdón mientras coge a su hijo de una mano
y le recrimina su sinceridad. Apago el cigarro contra el suelo y me
levanto levemente, giro mi cara hacia ella y me despido, solo contesta
enseñándome una sonrisa.
Empujo
con fuerza la puerta de la librería y me dirijo a las escaleras
mecánicas, subo directamente a la segunda planta, no estoy
sola, hay mucha gente buscando un compañero mudo.
Tenía ganas de comprar uno de seres solitarios, pero felices,
que aprovechan de esos momentos para disfrutar de la vida. Pregunto
dónde puede conseguirlo y me señalan una estantería
en un lugar determinado. Me dirijo allí sin mirar otros libros,
¡ya lo veo!, estiro mi mano para cogerlo pero no es sólo
la mía la que quiere abrazarlo y choca con otra de hombre,
me parece extraño, alzo los ojos y veo a un hombre triste,
a ese hombre que sale a su balcón y se enciende un cigarro,
al hombre con el que comparto la luna, al hombre que acaricio en mis
sueños. Y solo puedo esbozar una sonrisa.
SULTANA